nos encontramos en algún almacén perdido de Holanda. Aquí un pueblecito, allí una residencia en mitad de la nada. La orilla belga no queda harto lejos. Vacas boyantes pastan a su porte. Hasta que, claro, rompe el misterio una lío estridente y bastante inaguantable. Los produce un transporte (por llamarlo de alguna guisa) de obra casera, que se compone de un Volkswagen Golf Ii encajonado en una género de neumática de hámster gigante. El inverosímil compacto neumática una y otra oportunidad, alejando el morro al adoquinado y elevándolo al paraíso sucesivamente.
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